Caballos de fuego y dientes de hierro.
- Ramón Ger Pérez. (Recopilador)
- 21 may 2019
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Hablando del ferrocarril, recordemos que el 19 de noviembre de 1837, se inauguro el primer tramo ferroviario de 27,5 km desde la capital cubana hasta Bejucal, solo 12 años después del primer servicio de ferrocarril público inglés, lo que constituyo el primer ferrocarril en América Latina y el primero también de España, y el segundo país en las Américas, solo después de Estados Unidos, aquí en la parte central de la isla el ferrocarril se desarrolló a partir de las villas de Cienfuegos, San Juan de los Remedios y Sagua la Grande. En 1847 se construyo la primera línea que unió el puerto de Cienfuegos con el sur llegando a Palmira, alcanzando posteriormente al poblado de Cruces en 1853, a Ranchuelo en 1856 y llegando finalmente hasta Santa Clara en 1860. La compañía que operó esta línea se llamó Ferrocarril de Cienfuegos y Villaclara, nombre que ostentaba nuestra ciudad para esta época. Hay una anécdota muy jocosa sobre este hecho que encontré en una página de INTERNET y que transcribo textualmente aquí tal y como lo conto el cronista de la época pues es un acontecimiento insólito que de seguro forma parte de nuestro folklor citadino.
En la primera mitad del siglo diez y nueve llegó a Villaclara, procedente de Cienfuegos, el primer tren de viajeros que circuló en Las Villas. El periódico local invitó a la inauguración, publicando que el convoy con los primeros viajeros, venía arrastrado por una locomotora de doscientos caballos de fuerza. Como era natural fue grande el entusiasmo. Llamo notablemente la atención, que en la explanada del paradero, aparecieran agrupados los isleños del Capiro y sitios colindantes, con sus bestias cargadas de maloja y yerba.
Apenas la locomotora con su silbato anunció la llegada del tren, comenzaron los vivas y las músicas dejaron oír sus alegres marchas. Los isleños se amotinan, precipitan y con peligro de sus vidas, ofrecen a maquinistas y conductores el forraje para caballos. Lo que degeneró en un conflicto de orden público y tuvo que intervenir la autoridad. Apaciguado en parte aquel movimiento, motivado por la más inocente estupidez, el Ingeniero, Director de la vía les dirige la palabra, manifestándoles que los caballos del tren eran de fuerza, que no comían yerba, que comían fuego, que si traían leña, toda les sería comprada, que era el único combustible necesitado.
Más tranquilos comenzaron el desfile, haciendo comentarios. Mientras uno decía, que los dientes de esas bestias eran muy duros, porque comían leña, otro contestaba: “Compay Juan, si son caballos de fuego, de que diablo van a tener los dientes sino de gierro”.