El valiente Don Pepe.
- Ramón Ger Pérez (Recopilador)
- 4 abr 2019
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Cuentan que a principios del siglo XX durante la primera República, a raíz del cese del gobierno de ocupación norteamericano al mando del general Brooke, existía en nuestra ciudad un sujeto cuentista y hablador conocido por todos como Don Pepe, quien hacía alardes de sus habilidades para conjurar a los muertos y aparecidos que hubiera en casas o solares.
Don Pepe, es un hombre de unos treinta y algo de años, tiene una pronunciada frente, con unas ligeras arrugas, en donde ya se ven los signos de una ligera calvicie, cabello castaño con algunas canas en las sienes, de rostro afable y fanfarrona sonrisa, la tez de un trigueño muy intenso, denota a todas luces su origen criollo, nadie sabe a ciencia cierta de donde es oriundo Don Pepe, unos dicen que vino desde la Habana huyendo de un lio de faldas, otros que es natural del Condado hijo de un español con una mulata, robusto, fuerte, de buen humor, alardea constantemente de su influencia sobre los espíritus, fantasmas y almas del más allá, en su boca siempre un incipiente; “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén”. Como una formula religiosa siempre que se dispone a iniciar un trabajo espiritual, invocando así el auxilio divino, que lo proteja de las malas intenciones de los demonios y almas en penas.
Donde quiera que apareciera un fantasma se hacía llamar a Don Pepe y se le daba algo de comer y de beber para que pasara la noche en la "casa embrujada" ahuyentando a los fantasmas. Al día siguiente el héroe Don Pepe contaba a todos sus aventuras enviando a los aparecidos para el eterno descanso y se le pagaba una buena suma de dinero.
La vida y obra del tan mañoso y deslenguado Don Pepe seria un libro de varios tomos si se escribiera pero como estas cuartillas solo reflejan hechos aislados que marcaron época en algún momento de la villa, solo nos referiremos al siguiente acontecimiento; una noche en que hacía alardes de sus historias, – Pues bien les cuento, la anima bendita no quería entrar por razones, la muy condena, pensaba que había cometido muchos pecados acá en esta vida y no era digna de pasar al descanso eterno en la casa de dios, pues me le planto de frente con el crucifijo, encarándola – Tomaba una pose de dar frente esgrimiendo una cruz entre sus manos – Y vociferando a toda voz…. Le digo…
- Pero don Pepe no le ha dado miedo enfrentar a tan macabro espanto, pues lo que soy yo, de solo oírle se me ha puesto la carne de gallina - comenta uno de los presentes.
- No hombre que va, usted es un cobarde, como les decía me le planto en frente, y la coloco cara a cara con la cruz, mientras le grito, “En el nombre de Dios te ordeno que me digas quién eres”, “En el nombre de Dios te ordeno que me digas: ¿eres bueno o malo?”…..
- Jajajaaaa… - Se escucha la risa estridente de un parroquiano que escuchaba – Mire Don Pepe, déjese de cuentos que vos no lleva coraje para hacer frente a los espantos, usted es un cuentista y un mentiroso - el que así hablaba era un catalán radicado en la villa desde hacía unos años y conocía de sobradas razones la fama amasada por el pillo de Don Pepe.
- A pero no me cree usted, - grita airado el bribón de Don Pepe- Sepa usted que por estos lares no hay un espíritu, ni anima en pena que se haya resistido a mis poderes.
- Vamos, vamos que todos conocemos aquí de la pata que usted cojea, mi estimado.
- Mire usted señor incrédulo, le aseguro que aquí no hay nada de cuentos, esas cosas existen, aunque no todo el mundo pueda verlas y no todo el mundo crea en ellas, y mucho menos echarlas de este mundo….
-Ja, valiente "caza fantasmas", vamos a ver de qué tanto alardea - le dice el catalán – Si usted es tan bravo como pregona demuéstrelo pues.
- Me sobran agallas para ello.
- Pues bien Don Pepe, para demostrarlo lo reto a que esta noche, cuando el reloj de la parroquial mayor de las doce campanada, valla al cementerio y entierre un clavo en una de las tumbas, como señal de que ha efectuado la visita, si en verdad es tan valiente como alardea y cumple con lo convenido no solo habrá ganado usted en reputación, si no le daré cien monedas en pago.
Don Pepe, que no podía perder el prestigio ganado, aceptó la apuesta - Hecho, cuente usted con ello, mañana al amanecer nos vemos en el cementerio para que usted me entregue las cien monedas téngalo por seguro - y se dispuso a cumplirla.
- Ya veremos, ya veremos, señor "caza fantasmas".
Llegada la noche inició los preparativos para emprender la demanda en cuestión, como estaba lloviendo, se puso un capote y armado de un clavo y un martillo partió hacia el cementerio, bajó lentamente por la calle Santa Elena, cruza el “puente de los buenos” sobre el “arroyo Botijuela” hoy “arroyo de La Tenería”, las aguas se arremolinaban y corrían fuertemente producto del chaparrón, en la lejanía se divisaban entre los resplandores que permitía tan húmeda y fría noche, el porche del cementerio con sus múltiples arcos y sus muros perimetrales.
Al llegar al muro cerró los ojos muerto de miedo, gruesas gotas de sudor corrían por su rostro mezclándose con la lluvia que caía, de entre sus labios salía un balbuciente - “Padre nuestro que estás en el cielo…” Salta el muro y deambulando entre las tumbas se dispuso a enterrar el clavo, luego de varios percances, logró realizar la misión y cuando ya estaba listo para salir disparado de aquel aterrador lugar sintió que algo tiraba de él fuertemente.
- Coñooo….. no jodas…. suéltame… -Se atrevió a decir entre dientes – trata nuevamente de salir caminando y nuevamente un tirón lo retiene en el sitio presa del terror cayó de bruces perdiendo el conocimiento.
Con las luces del día llegan el catalán y algunos amigos acompañados del sepulturero y encuentran a Don Pepe en el suelo aún sin conocimiento. Se encontraban tratando de levantarlo del suelo, cuando se percataron de que se había atravesado el capote con el clavo, pegándose a la tierra de forma tal que no se podía mover.
- Don Pepe, Don Pepe… - lo llamaban, los presentes, mientras trataban que el fanfarrón volviera en sí. Cuenta la leyenda que cuando Don Pepe recobró el conocimiento se fue huyendo de la ciudad y nunca más volvió a cazar fantasmas.