Nicolasa Pedraza y Bonachea: Decana del magisterio en Santa Clara
- Ramón Ger Pérez
- 6 dic 2015
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María de la Concepción Nicolasa Pedraza y Bonachea conocida por los santaclareños como la maestra Nicolasa, surgió de las mismas entrañas del pueblo, nació el día 6 de diciembre de 1770 en un humilde hogar, sus padres, Antonio de Padua Pedraza y Rita de la Concepción Bonachea, la niñez y la pubertad de Nicolasa transcurren marcadas por la devoción a Dios, las visitas a la iglesia y el esfuerzo de sus progenitores para protegerla de los peligros que pudieran asecharla, hasta que la vida le asestó el duro golpe que no pudieron evitarle, pierde a sus padres a los 17 años de edad y es a partir de ese momento que se dedica en cuerpo y alma a la enseñanza y educación de los niños santaclareños, labor encaminada hacia la práctica de la virtud, que se sustentaba en la fe cristiana y que apuntaba al bien de los demás y de la sociedad cubana entre los siglos XVIII y XIX. Nicolasa al dedicarse a este propósito renunció al matrimonio para así consagrarse a la enseñanza de los niños, que iba acompañada de una frecuente práctica religiosa
La joven, muy atractiva, de grandes “ojos habla-dores”, según una copla, comienza la labor magisterial organizando una escuela en su misma casa, donde acudían las niñas a recibir lecciones de gramática, doctrina cristiana, costura y conocimientos generales de disposiciones domésticas, consagrada a la enseñanza con el entusiasmo y una persistencia muy dignas de alabanzas, a pesar de su corta edad los padres pusieron en sus manos la enseñanza de sus hijos, por ello no demoraron en pedirle que enseñara también a los varoncitos de sus hogares, a lo cual accedió gustosa, fue la impronta fragua del progreso intelectual de la villa durante tres generaciones de villaclareños, pues alcanzo a educar a los nietos de sus primeras alumnas; Ejemplos de esto son un grupo de villaclareños significativos para sus coterráneos que conforman el alumnado que recibió la siembra fecunda del magisterio y la abnegación de Nicolasa
Con ella aprendieron a leer y escribir y recibieron el caudal de conocimientos que necesitaban para la época, Don Pedro Nolasco Abreu y Da. Rosalia, padres de Marta Abreu de Estévez, Miguel Jerónimo Gutiérrez, el poeta Rafael Antonio Valdés fue su aventajado discípulo, Juan Manuel Federico Jova y González Abreu, personalidad de la revolución de 1868 en Villaclara, Eduardo Machado y Gómez, intelectual y patriota que se incorporó a la lucha independentista en el cafetal González (zona de Manicaragua), en 1869 y quien tomó colocó una lápida sobre la puerta de la casa que decía así: "En esta casa nació la Maestra Nicolasa; Aquí vivió y murió enseñando y practicando la virtud", Ramón Leocadio Bonachea, combatiente a las órdenes del mayor general Máximo Gómez, fue también su alumno, Anita Fernández, patriota y maestra poco mencionada, tuvo también el privilegio de alimentarse de la savia de Nicolasa, Antonio y Guillermo Lorda, Tranquilino Valdés, Arcadio García y de otros que se entregaron de lleno a la causa de la Independencia, quienes reconocieron en ella ya no sólo como la que les enseñó el arte de leer y escribir en medio de una sociedad iletrada, sino, sobre todo, el amor a la patria, y a la práctica de la virtud.
El magisterio fue para Nicolasa su gran misión, se afirma, que su vida y goces se concentraban en vivir para la escuela. Cuentan que sus únicas salidas eran para ir a la iglesia o para adquirir lo necesario para subsistir y los materiales para que sus muchachos aprendieran. Esta mujer, privada de recursos económicos propios, siempre desempeñó su noble misión sin solicitar remuneración alguna, recibía únicamente lo que espontáneamente los padres de sus alumnos le proporcionaban, Nicolasa poseía dotes “casi excepcionales” para enseñar: para ella no había niño “torpe”, todos asimilaban con mayor o menor rapidez las clases que ella les explicaba, era muy severa con la disciplina y con los hábitos de higiene y conducta, pero a pesar de ello era una mujer muy comprensiva, afable y dulce con todos por igual con estas virtudes lograba modificar conductas, su método educativo , tenía como propósito forjar el carácter de los escolares, a quienes instruía y educaba por medio de la lectura y de su ejemplo personal, utilizado por cerca de 70 años en el magisterio dio frutos de bien no sólo por los que se beneficiaron directamente de su enseñanza, sino de las generaciones posteriores que en ella descubrieron un signo claro, de la importancia de la formación de la juventud para garantizar el futuro de la sociedad
Ya anciana continuaba recibiendo alumnos, pero los años no pasan en vano, sobre todo si están acompañados de carencias y soledad, con una situación económica precaria, nunca puso tarifa a sus servicios, tanta austeridad fue desgastando a la insigne educadora, en la segunda mitad del siglo XIX, el eminente intelectual español Ramón de la Segra, visitó a la maestra Nicolasa, porque tenía referencias de su trabajo en la escuela, pero se retiró de allá profundamente conmovido: “yacía decrépita y extenuada en el lecho del dolor y de muerte”. El Ayuntamiento santaclareño en el mes de mayo de 1866 nombra una comisión encargada de valorar la situación de la educadora por encontrarse enferma y escasa de recursos económicos, con el propósito de otorgarle una retribución económica. La dilatada pensión nunca se le otorgó. Por esta fecha se realizaron además funciones dramáticas a beneficio de la maestra para recaudar fondos para ella por estar enferma y por la frágil situación en que se encontraba.
Su muerte ocurrió el día 1º de enero de 1867, en la mayor pobreza, casi a los 97 años de edad en la vivienda modesta en que había nacido, vivido y ejercido su labor. Sus funerales constituyeron una sentida manifestación por parte de la población. La ciudad se vistió de duelo mientras su cadáver no fue sepultado, se cerraron las puertas de los comercios como testimonio de duelo. Fue el prócer Eduardo Machado Gómez quien se ocupó de su entierro, fue sepultada en el nicho número 21 izquierdo del llamado cementerio viejo. Miguel Jerónimo Gutiérrez quien fuera uno de sus discípulos, al ocurrir el fallecimiento refiere "Ella fue la maestra de nuestras madres, de ella fueron discípulos muchas de nuestras abuelas y en su escuela bebieron sus principios algunos de nuestros padres”
Santa Clara siempre la tuvo presente, en 1887 por iniciativa del Alcalde Municipal Don Rafael Tristá se concede una parcela de terreno en el cementerio local por suscripción pública para depositar los restos de la noble educadora en un modesto panteón en el cementerio general, costeado por el pueblo, para que descansaran los sagrados restos de la noble educadora. A partir del 28 de enero de 1901 fue acordado por el ayuntamiento local y a solicitud de los vecinos de la calle Candelaria que esta calle lleve el nombre de Maestra Nicolasa para perpetuar su memoria.
En los años 40 del siglo XX se pretendió demoler la casa donde nació y vivió la querida educadora (vacía desde su fallecimiento), para construir un moderno edificio. Personalidades de la villa intervinieron para detener semejante proyecto ya que los villaclareños le tenían un inmenso amor y cariño a la casa en la que fueron educados por la decana del magisterio en Santa Clara, suplicaron una actuación urgente y rápida de las autoridades, para ver si era posible obtener un Decreto del Ministro de Educación declarándola Monumento Nacional, y del Presidente de la República, un crédito, para comprar dicha casa y de esa manera evitar, que un monumento de esa categoría fuere destruido, a pesar de estos esfuerzos, con el paso de los años la casa se fue deteriorando y al estar semidestruida y en evidente peligro de derrumbe es acuerdo de la comisión de monumentos, demolerla y levantar en su lugar, una tarja que muestre a la posteridad la vida y obra de la maestra Nicolasa, y construir, en su lugar, una zona arbolada y acogedora, apropiada para que los niños jueguen y aprendan cuanto es posible aprender en contacto con la naturaleza, en la actualidad en la esquina que conforma las calles Maceo y Candelaria(calle Maestra Nicolasa) languidece en el olvido el susodicho parquesito sin muchas penas ni glorias, en el cual la administración pública ha puesto una pequeña oficina de servicios comunales donde estacionan casi a diario los camiones del aseo para ser controlados por un funcionario de la entidad o grupos de alumnos del cercano plantel escolar pasan horas allí con sus maestros si prestar mucha atención a lo que significo este pedazo de nuestra querida Santa Clara, y sin siquiera elevar un pensamiento de de reconocimiento a unas de las hijas más ilustres de nuestro pueblo.